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Planificación agropecuaria: al Cesar lo que es del Cesar…

Uno de los primeros interrogantes que nos hacemos cuando planificamos las actividades productivas es si contamos con las herramientas adecuadas para llevarlas a cabo.


Muchas veces hemos oído decir que, si juzgamos a un pez, por su capacidad para volar… no estaremos valorándolo por lo que mejor sabe hacer, que es nadar. Del mismo modo cuando elegimos una herramienta de trabajo podemos caer en el mismo error, un martillo no es óptimo para cavar un pozo, ni una pala para clavar un clavo. Cada herramienta ayuda de forma decisiva para lo que fue pensada o diseñada. Ahora bien, cuando diseñamos un sistema productivo muchas veces usamos el martillo para cavar un pozo. 




Elegir el uso o aprovechamiento de las distintas clases de suelos que componen el sistema productivo, es lo primero y más importante que ha de hacerse para la conservación del suelo. El éxito de todas las demás etapas de producción dependerá del acierto en la selección de una pauta de uso y distribución en el manejo de la tierra que quede dentro de la capacidad agrologica de la misma (Foster). Por lo tanto, el USDA definió estas pautas en ocho clases que integran características propias, de fragilidad crecientes en el agotamiento de la fertilidad o en la susceptibilidad a la erosión hídrica o eólica. 




Los suelos de Clase I son suelos profundos, fértiles y bien drenados. Planos y sin inconvenientes en su laboreo, generalmente de zonas con escaso déficit hídrico. La rotación de cultivos y la fertilización contribuyen a alcanzar los rendimientos óptimos. Los suelos Clase II pueden presentar algunas características físicas que hacen que no sean como la clase I, puede ser que tengan una pendiente que los haga susceptibles de erosión o problemas esporádicos de drenaje lento o demasiado rápido. Las prácticas de conservación son simples, tales como rotaciones y fertilizaciones, cultivos de servicios, siembras cortando la pendiente o en algunos casos terrazas paralelas, entre otras. Los suelos de clase III pueden presentar problemas más evidentes como mayor grado o longitud de pendientes, anegamiento, u otras. Requieren de prácticas de conservación que impidan su degradación tales como terrazas paralelas de desagüe, canales empastados, rotación de cultivos y fertilizaciones adecuadas. Los suelos clase IV no son aptos para agricultura, solo en algunas condiciones de manejo se puede hacer un cultivo de cosecha cada varios años, permiten pasturas implantadas y aprovechamiento ganadero. Existen además otras clases de suelos que no son aptos para la producción agropecuaria, para los que se propone usos recreativos, educativos y de conservación de flora y fauna. 




Existen dos portales abiertos que brindan información sobre los suelos que se pueden consultar unos es el Visor Geo INTA,

y el otro el Portal de Suelos de la Provincia de Córdoba, desarrollado por la Facultad de Agronomía de la UNC. 

Es fundamental en la planificación agropecuaria, ser capaces de diagnosticar la potencialidad de los recursos con los que contamos, conocer el suelo acompañando de análisis anuales de fertilidad contribuye a la toma de decisiones. 



Ing. Agr. Jorge Raspanti




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